Colección privada: confesión privada

COLECCIÓN PRIVADA: CONFESIÓN PRIVADA

Por Jomar Cristóbal Barsallo

«La apatía de la que hablo, en parte, la genera el ambiente social. Mis ideas, por lo general, son muy heterodoxas para cierto tipo de coloquio. Entiendo que un ser humano ecuánime procede según el territorio donde se ubica, de ese modo hace viable la idea de soslayar torpezas que provoquen algún modo de conflicto».

El desencanto por la vida es el tema central de Colección privada. Sus microficciones, a modo de confesión, están impregnadas con el concepto de aquellos que no encajan en los parámetros instaurados por la sociedad. Esa disconformidad es reflejada por la mímesis del narrador, quien nos muestra, en cada texto, la proyección vivencial del autor; sin embargo, sólo es una simulación del mundo real. El actante omnisciente y omnipresente nos revelará la validez de cada episodio autobiográfico envuelto en tres elementos recurrentes: la sociedad, la desubicación y la mujer.
 
La sociedad en que se desarrolla Diego, el narrador, es degradante, sin rasgos de vida debido a que se hallan los sistemas sociales que afectan al actante, quien lucha por acoplarse abúlicamente en tres subsistemas: el colegio, la universidad y el trabajo, lugares marcados y represivos que, en forma continua, deshumaniza sugerentemente al personaje. Los dos primeros espacios se caracterizan por reformar en conocimientos al narrador, pero su estancia le incomoda; el último, lo instaura en la sociedad abruptamente, obligándolo a depender de su ambiente laboral; por tanto, es evidente que Diego opta por sobrevivir, como observaremos en las siguientes citas:
«La escuela, para mí, era lo más cercano a una carceleta». (Pág. 19).
«Había abandonado nuevamente mis estudios (como es mi costumbre)». (Pág. 41).
«Me vi en un 17 de agosto sin más ocupación que corregir escritos a cambio de un dinero, labor que realizo ahora que volví a hacer una pausa en mi formación profesional». (Pág. 11).

Nosotros, los mortales, observamos los días y las noches caer cotidianamente, sabiendo que al día siguiente todo será igual. La razón no es compleja: vivimos en un lugar que está instaurado desde que vemos la luz (o mucho antes). Aquel nicho lo aceptamos con sus propias normas reguladoras, sin objeción; sin embargo, Diego no admite la aceptación, puesto que afirma que se encuentra en el lugar equivocado: un ambiente de mediocridad donde no puede vivir, sino sobrevivir, como mecanismo de defensa, con la finalidad de no encontrarse en la realidad.

«Cada día estoy más harto de estar harto, más desorientado, más asqueado, más extenuado, más incompatible con el lugar que habito». (Pág. 22).
«Lo que yo lamento profundamente es haber nacido en un mundo luctuosamente desahuciado». (Pág. 23).
«”Sólo estoy donde no estoy” es una frase que escribí hace algún tiempo y que, por cierto, ahora mismo define mi entera realidad: la imagen que supone la inexistencia de mi ser en alguna parte donde se divise mi cuerpo». (Pág 25).

Las citas textuales anteriores nos envuelven en el desencanto existente por todo lo que rodea a Diego. De esta manera, el simple hecho de vivir le brinda dos opciones: aceptar las normas sin objetar o rechazar todo tipo de sistema, hasta el nivel extremo de aborrecer su propia vida. Esta actitud no es más que una protesta implícita, desde su interior, que critica la condición natural del mundo; y anhelando, a su vez, un ambiente distintivo que no se adecúe a la visión disconforme. Asimismo, es inherente la búsqueda de un espacio ideal, ajeno al romanticismo, que sólo lo puede crear la literatura ficcional o autobiográfica al estilo confesional de Diego M. Eguiguren.

La presencia femenina es fundamental en el narrador, ya que este elemento le permite sobrevivir en el mundo; es decir, la mujer representa el rasgo paliativo, aquella que lo calma de la crítica constante y mordaz. Es un ser imperativo que le permite deslumbrar, recordar, amar, reconocer y aprender que la vida proyecta un sendero de bienestar, a diferencia de su percepción. El personaje femenino, a modo de interpretación, será quien lo guíe por el lugar equivocado, además de representar la experimentación de ciertos goces internos que el narrador nos confiesa en las siguientes citas:

«Es follar, Diego, no hacer el amor, pero es mejor que nada. Rocío terminó por desbaratarme los sesos a proyectiles y alejarme de lo que me había planteado para el día. Olvidé los quehaceres y me perdí en mi presente». (Pág. 15).
«Desde chico era un romántico depresivo, lo que me recuerda qué conocí a la deslumbrante Carola cuando sobrevivía al segundo año de secundaria». (Pág. 18).
«Recién veo que terminaré cediendo ante los encantos de Dalila (una amiga de mi exnovia y mía)». (Pág. 29).
«Hace tres años conocí a Viviana, una muchacha que, así como yo, es muy seguidora de la música y la poesía de Ismael Serrano». (Pág. 51).

Finalmente, el camino ineludible de Diego, que es el de vivir, lo deshumaniza, por eso nos expresa, en forma desesperada y confesada, que el hombre muere cotidianamente con los sistemas sociales instaurados, imposibles de evadir; sin embargo, la figura femenina es quien lo salva momentáneamente. Nuestro paladín se ha inmolado ante la crítica y, sin importarle el juego académico de la valoración, ha utilizado la microficción y el discurso autobiográfico con la finalidad de revelar sus más íntimas experiencias, temores, obsesiones y deseos que caracterizan al narrador y autor real como un ser vulnerable y sensible.

ACERCA DE JOMAR CRISTÓBAL BARSALLO

Nació en Chiclayo, Perú, en 1982. Es profesor de Literatura y escritor. Ha publicado los libros El dos veces nacido y Sueños de un índigo.